HAGA ALGO,POR FAVOR

LUCHY NUÑEZ


Diari de Tarragona
Diumenge, 22 de juny de 2003


 
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Mi barrio tiene las aceras anchas y muchos bancos en los que se instalan algunos vagabundos. Cierran los ojos, cruzan los dedos sobre la panza y dejan que las moscas revoloteen sobre sus atillos y sus pies mohosos. Son rucios vagabundos que prefieren la calle a la sacristía. Gente con olor a otros aires cuyos sueños y deseos en otro tiempo coincidieron y pagan su desafío al destino.

No es así con la chica perdida que va de la acera de los pares a la de los impares. Permanece abajo a la hora de ir al trabajo, de recogerse en casa, de pasear al perro, de salir a ver qué pasa con la luna. Es una valquiria alta, desarrapada, de complexión fuerte. Sus ojos celestes miran a un punto distante y alto, detrás de tí. Un lugar elevado donde deben aglomerarse sus enemigos con gestos amenazantes. Y no puedes entrar en ella. Está habitada por un ovillo de voces esquizofrénicas. Imposible entresacar un hilo coherente y tirar de él. No se sabe donde duerme. Por la mañana amanece con briznas en el pelo, en el dorso, en la falda acartonada. Puede que, como la culebra, se enrosque en el alcorque. Debe ser agotador luchar contra tanto molino de viento encaramado en las nubes. El otro día la vi rendida, con la cabeza baja. La lucha, se gane o se pierda, agota siempre, pero la lucha demencial quizá sea la más agotadora de todas, la más inútil, la más solitaria. La única incomprendida.

Por eso comencé el rosario de llamadas. Ya hacía tiempo que indagaba aquí y allá, pero el rosario de llamadas, el que me ha llevado de la Ceca a la Meca y ha durado días, lo empecé al verla rendida. Y, la verdad, fue mucho rosario ese. Me puse en contacto con el departamento de Sanidad y Seguridad Social, que me derivó al de Benestar i Família, ambos de la Generalitat. Este último me habló del Centro de Salud Mental que, a su vez, me dió el teléfono de la Coordinación sanitaria. Ésta me envió a la Guardia Urbana, donde me informaron de que si la chica no alteraba el orden público no se podía hacer nada. Me aconsejaron que telefoneara al departamento de Benestar i Família de la Generalitat.Volví a empezar. Un rosario, ya digo. De nuevo recibí minuciosas lecciones de procedimiento administrativo, de competencias y servicios, de derechos y deberes de los ciudadanos. De como deben hacerse las cosas, qué narices. La enferma mental de mi barrio no era competencia de ningún organismo. O mejor dicho, quizás fuera competencia de todos, pero iniciativa de ninguno. Distintas voces repitíendome idénticos argumentos en la misma entonación isócrona y monótona. La Guardia Urbana siempre era mi último cartucho. Finalmente, se me ocurrió transferir a mi persona la petición de ayuda. "Agente, se lo pido por favor. Acérquese a mirarla. Solo patrulle por delante de ella, obsérvela y luego decida. Se lo pido como ciudadana. Haga algo". Esta vez, al otro lado del hilo me respondió un silencio más elocuente que todos los argumentos y aclaraciones que había escuchado días atrás. En la cabeza de este agente, la gota fría de la razón debió resbalarle, dejándole en el trayecto hacia el corazón, el rastro sublime de la comprensión y me respondió con calma: "está bien, no se preocupe usted, me acercaré, ¿donde dice que es exactamente?".

Sabemos que hay dos maneras de pensar, lo decimos continuamente: una es con el corazón y otra con la cabeza. Pero tenemos una confusión terrible. Creemos que el corazón, o la conciencia, está en pensar con la mente burócrata y en actuar bajo una ética corporativista. Y esto no es exclusivo de los funcionarios sino de todo aquel que basa sus decisiones en el cumplimiento de reglas fijas e inamovibles. La mente burócrata se escuda en un programa, doctrina o estatuto y permanece impasible ante los seres humanos concretos, porqué teme la responsabilidad personal. Su ética consiste en la adhesión incondicional a las reglas por encima de la Regla de Oro. Quien posee la mente burócrata delega, diluye su responsabilidad como indivíduo en la corporación, empresa, organización o colectividad bajo los argumentos del "no puedo", "yo no soy quien", "no me está permitido". Jamás siente un conflicto entre su conciencia y el deber, porqué cree que su conciencia es cumplir con el deber. Y esto sucede porqué la mente burócrata no se vincula a su prójimo, ni al jugo de la vida, ni a la soledad desnuda de su propia conciencia, sino al conjunto de normas que confunde con "su genuina conciencia". Este tipo de personas se halla en todas partes. En el seno de las fuerzas de seguridad, de las fábricas, de las religiones, de los hospitales, de las administraciones, de los centros asistenciales, de las oenegés, de los clubes de esparcimiento, de las cárceles, de las residencias de jubilados. Detrás de la dependienta que baja la persiana del súper a la hora en punto y por unos minutos deja sin fideos a la mujer que ha chancleteado sofocada hasta la puerta, se esconde la misma mente burócrata que detrás de las personas que me han enviado de Herodes a Pilatos escudándose en los clichés de "nosotros no podemos hacer nada sin una orden de... no es de nuestra competencia... primero hay que...". La misma mente burócrata que declara ilegal un amor de años por falta de un papel; la que pone trabas a la adopción de niños maltratados; la que por unas décimas de punto deja sin trabajo a una persona; la que por unos euros de más niega una beca a un estudiante; la que por un requisito "imprescindible" aplaza la hospitalización de una persona. Este tipo de personas jamás comprenderá el proverbio sufí que dice "quien elige el camino del corazón no se equivoca nunca", porqué cree a ciegas que la sociedad se hundiría. Que la organización se desorganizaría. Que lo que hemos adelantado se atrasaría. Que esto se volvería jauja. En su estrechez de miras no cae en la cuenta de que no hay mayor desorganización que el hambre, mayor atraso que la guerra, y mayor desbarajuste que dejar en la calle a una enferma mental. O sin fideos a una mujer que llega un pelín tarde.

Creo que después de andar de la Ceca a la Meca, tuve suerte y di con un agente del 092 que antepuso el corazón. Cuando me telefoneó para informarme de que "Ya la chica está ingresada" le oí un resuello, o un suspiro para adentro. "Todas las molestias que ha sufrido usted las hemos llevado a cabo nosotros, quería decírselo. Hemos cumplido con todos los trámites". Hacía calor y seguramente se secaba el sudor con un pañuelo. Me gusta imaginar que al llegar a su casa alguien le habrá dicho: "qué cansado vienes hoy de tu trabajo y que guapo". Alguien que se habrá sentado frente a él con los brazos cruzados, nada más que por el gusto de verle saborear la cerveza fresca y las aceitunillas con que lo aguardaba.